
Su mano dormida congelaba el gesto preciso de estar esperando una rosa o una llave.
Él, con el pájaro en la voz, se asomó por los barrotes de la cama para despertarla.
Pero a ella eso la asustó tanto que gritó,
como quien se reincorpora del letargo o de una galáctica amnesia.
Yo no sé si fue por sus ojos
(los de él)
terriblemente vivos como nueces abiertas
o si fue por ese beso surreal,
al que ella ya se había acostumbrado a desacostumbrarse,
pero lo único que pudo decir fue:
-Perdón-, a lo que él le recordó, corrigiéndola: -No, Perdonáme vos a mí-